Saturday, August 31, 2013

Kuferschein, Kavafis en camino a Santurce


Partimos del Puerto de Bayonne hacia el Caribe, parando en cada isla, de puerto en puerto, de barco en barco.

Muchos, pequeños burgueses y proletarios viajan en busca de vivir por una semana lo que el resto del año ven de lejos, atraídos por el deslumbre, la fabulosidad y extravagancia que los cruceros sugieren: cromo, laminados y brillo por doquier, en las paredes, escaleras, cuartos, salones, cafeterías, salas, techos, pasillos.

Otros buscan alejarse de la rutina para terminar convirtiendo su viaje en nuevas rutinas: leen en las terrazas, se levantan y acuestan temprano, asisten a los programas culturales que el crucero ofrece, juegan en el casino.

Los menos quieren llegar de un punto a otro: de Nueva York a San Juan.

Y hay quienes, al igual que Mark Strand, solo desean abandonar sus espacios, tanto los físicos como los existenciales, para que otros aires los reemplacen. No importa tanto el destino como haberse alejado.

En su poema, Ítaca, Kavafis sugiere que el destino de todo viaje es menos importante que lo que descubres en la marcha. En su camino hacia Ítaca, Kavafis no pretende ser un investigador científico que replica los estudios para comprobar su veracidad, su validez, su acercamiento a una teoría, o formular una ley universal.

Kavafis recrea la anécdota, el momento, los participantes, sus vivencias. Reformula una verdad en la anécdota relatada, tan universal como lo es la teoría científica. La verdad poética de Kavafis es más absoluta que lo estadístico de la ciencia.

Quien recoge y recrea anécdotas no pretende descartar teorías o buscar datos particulares para comprobar la verdad. Quien recoge anécdotas cuenta historias, ilumina la condición humana sin tener que apelar a reducidos conceptos.

Cuando comenzó el viaje, tenía pensado escribir sobre residuos coloniales en las islas que íbamos a visitar: fuertes militares, casas antiguas, lenguajes. Una vez en el barco y en los puertos caribeños aparecen en el radar creador otros personajes, ideas, sensaciones que me llevaron donde el poema de Constantin Kavafis, Ítaca, y lo que éste sugiere sobre cada viaje, todo viaje, el viaje de todos los días, toda la vida, el viaje que nunca para.

Lo que no sugiere Kavafis es que en el viaje puedes descubrir lo que has abandonado, los vacios formados por lo dejado, los antiguos espacios que lo nuevo no rellena. Miras de lejos, recuerdas, empatas tu vida.

Durante la primera noche del viaje, una sombra cambió mis planes. Me pareció ver el reflejo de una cantante, una fugaz luz, una mujer-leyenda que vaga por los puertos del Caribe. Su nombre, Marina von Kupferschein.

Cuentan que lleva años navegando sin rumbo por las islas, trabajando en bares de puertos, goletas, barcos de carga, pasajeros.  Dicen que hasta en yolas que navegan entre las islas que conforman el archipiélago caribeño, la han visto, transportando todo tipo de mercancía y personajes, enamorándose de marineros y capitanes, hombres y mujeres.

Alegan que desciende por parte de su padre, del pirata Roberto von Kupferschein, y por parte de su madre, de judíos de Curazao; y que éstos últimos, a su vez, descendían de la mezcla de indígenas con africanos y sefarditas.

Su incierta procedencia étnica y sus manejos de las lenguas criollas le otorgan un carácter muy particular y una etnicidad misteriosa, difícil de especificar, pero emblemática del Caribe: islas y gentes que, independientemente de la potencia mundial que las controle, generan sus propias formas de ser.

La fugaz luz se pierde por entre las máquinas tragamonedas; las que premian o castigan al jugador que pone su fe en las mismas, o hipnotizan a la señora con cara de secretaria jubilada.

Mientras presiona teclas, guiada por la combinación y pareo de símbolos, el semblante continuamente cambia. Horas muertas frente a las máquinas,  y al final de ese corto viaje, la tragamonedas le deja saber que se ha ganado unas cuantas pesetas, o que las ha perdido todas.

Los cambios en la cara de la señora delatan su poca preocupación con ganar o perder frente a la seleccionada máquina de juegos. Lo que se busca es sentir aquello que bordea en la ansiedad, causado por la incertidumbre, la sensación que estremece el cuerpo, el qué pasará una vez todos los símbolos que se mueven en la pantalla paren de inmediato. El placer lo causa el geshtalt de sensaciones que recorre el cuerpo antes de saber el resultado de tan corta pero intensa experiencia. Es en ese momento muy particular que la máquina se integra al cuerpo entero. El viaje de la señora en el crucero es matizado por el camino que le ofrecen las acompañantes de su soledad: las tragamonedas.

Marina fue quien una vez me socorrió en un bar de Trinidad, y quien me abandonó en aquel cuarto de hotel. ¿O fue otra? ¿Otro? Que se parecía a Marina, dijo el joven en el mostrador del bar donde me recogieron aquella noche.

En el trayecto, junto a las piscinas y bares al aire libre, el hombre que se acerca a otro lo saluda con cordialidad y le pregunta si se siente mejor hoy día, anda buscando entablar conversación, mitigar la soledad, reafirmar lo prometido la noche anterior. El abordado, asombrado, responde que sí, con frialdad, luego calla y casi obliga al otro a despedirse.

Quien responde, el abordado, se vira y con cara de sorprendido, molesto, le dice a una mujer, su esposa, quizás, que no sabe quién es esa persona. Puede que se hayan conocido anoche en uno de los menos frecuentados bares del crucero, donde llegan los que buscan sus iguales,  aquellos que esconden sus amores, sus deseos, el lado de su vida que los asusta, el que a veces niegan.

Los amantes clandestinos no se conocieron en los bares con pistas de baile. No fueron a practicar los pasos aprendidos en Arthur Murray, como lo hace la pareja de jubilados, quienes todas las tardes bailan guiados por pasos geométricos, programados, movimientos rápidos de caras, brazos, manos, de izquierda a derecha.

En el preciso momento en que dan la vuelta, la pareja estira los brazos hacia afuera, arriba, abajo, y los vuelven a subir para anunciar otro movimiento, un nuevo ángulo. Su meta, bailar por mares y barcos; bailar en cualquier lado, practicar los pasos de “ballroom dance” con su lenguaje programado, numerado,

En camino a Santurce encontrarás los que juegan sus fortunas, los que aman a escondidas en las esquinas obscuras de puertos y bares, los que huyen del mundanal ruido, los que se guarecen en rincones, los que en sus libros se escapan y a las cuatro se levantan para a tomar sus copas de jerez o de sauvingnon blanc. Todos esperan llegar a cada puerto, cada isla.

Si al llegar a Santurce no has ganado dinero o los puertos son todos iguales, si no encuentras el amor buscado, no te angusties; recuerda que el jugar fue lo que buscabas y has jugado; conociste sobre el amor, y has amado.

A Marina von Kupferschein la vi abandonar el barco en la isla donde hablar francés, holandés, inglés o cualquier lengua criolla es tan común como hablar un dialecto en cualquier pueblo: la isla de San Martín. Era ella. De lejos, en camino a unas lanchas de carga al otro lado de la bahía, se dio la vuelta, miró hacia el barco, y siguió su rumbo.

Si al llegar a Santurce los cafetines han sido desplazados por las nuevas cadenas de pubs americanos y su cultura homogenizada, no desesperes. Fue Santurce quien te llevó a andar el camino que a Santurce te ha llevado. Has caminado.

Friday, August 30, 2013

CCNY ant the Islands of Enchantment - Islas de los Encantos


Juan Ramón Jiménez was so impressed by a particular Puerto Rican quality, the smiles, that the Nobel laureate wrote a book, Isla de la Simpatía*, dedicated to this marvelous and soothing quality.

Puerto Ricans in Puerto Rico smile when greeting you; and they do so whenever they encounter each other, unless they are in some kind of struggle, but otherwise, they smile. Though, most Puerto Ricans in New York have not lost this quality, not all have kept smiling when encountering each other.

When I started to work at the College, there were seven Puerto Ricans working at the School of Education. By the end of the seventies, most of them were either not given tenure, or for obvious reasons others decided to leave.

As opposed to other "Latinos", these faculty members integrated the political situation of these unique colonials with the content, discussions in educational programs. The very progressive school did not seem to be very interested in identifying and hiring members of this ethnic group. It is easier to discuss and study Dewey, Piaget, and inclusion without including and multiculturalism without having to face issues of colonialism in your backyard, linguistic and political oppression.

It is not until the late eighties and nineties, when it was convenient for the School to bring Puerto Ricans into the faculty that my own sense of loneliness and defensiveness began to fade away. Other than two or three colleagues, the rest was simply a bunch of dishonest characters dressed up as progressives; pleasant but “hipócritas a la máxima potencia.”

 There was the Dean who continuously asked someone else, usually another non-bilingual, to explain what I had just said; or the internationally recognized constructivist who behaved like a behaviorist, always correcting my accent; or the no Puerto Rican Latinos who could not waste time in telling me that Puerto Ricans were how they were – whatever – because we were colonized. Really? And the “Católica apostólica” de Queens who kept coming into my office to tell me, not to speak about homosexual issues. But of course, bilingual education is not about gender issues. Really?, de nuevo.

Thus, when Puerto Ricans were brought to work in a place where my accent and educational ideas were continuously under criticism, it was great once more to be surrounded by people I thought would understand where I was coming from and support me. And to some extent they did, until the Puerto Rican “sonrisa” showed me how naïve I was.

I was so happy to work also with "my own people" (Really?, de nuevo) that when I came across one of the new employees, I gave her a big smile. She looked at me and continued walking as if I did not exist. I shared my bewilderment with another colleague who most probably told the “seriota” (this is the term PRs use to refer to people who do not smile); and suddenly, whenever I went into the office of the “seriota” everyone in the office where the “seriota” worked was smiling at me and sarcastically saying, “Hello, Gerardo”. I went from cultural solidario to a payaso.

It was very naïve on my part to think that simply because someone was a PR I was going to be greeted with courtesy and cultural understanding. Luckily, I had my friends with whom I shared everything that happened at the very progressive school; and after I told them the story, they answered, “¡Por favor. El amor y el interés fueron al campo un día y pudo más el interés que el amor que te tenía.”

*"Hay entre nosotros un vínculo muy grande. Nos parecemos mucho. San Juan se parece a Cádiz. … La manera de hablar de ustedes me recuerda mucho a la de Andalucía, no sólo por el tono, sino también por la riqueza del léxico. Esa riqueza idiomática la he encontrado aquí. Es su virtud más fuerte, la poesía del idioma en la invención del vocablo. Y esa virtud la tienen ustedes. Nos parecemos también en la belleza del paisaje, aunque en ustedes se manifiesta más dulce, el tipo de la arquitectura, las flores, en fin, variedad de cosas que me recuerdan a Andalucía a cada momento. En los ojos de las gentes se expresa todo eso. Son como espejos de la belleza exterior. Y, además, por la inteligencia de la gente del pueblo y de los niños que he visto me parece estar en Andalucía." (Ricardo Gullón, El último Juan Ramón, Ediciones Alfaguara, 1968, pág. 18. en http://ramonfernandez.revistaperito.com/DospoemaJuanRamon.htm)

Thursday, August 29, 2013

microcerebros humanos

Austria de nuevo: microcerebros humanos fueron creados a partir de células madre...... http://www.the-scientist.com/articles.view/articleNo/37262/title/Lab-Grown-Model-Brains/ 

Wednesday, August 28, 2013

Amancer sobre Bushwick, NYC, 2013, Luis Carrera


 

 


Luis Carrera, 2013

Tuesday, August 27, 2013

El Chiforover, 1950

"Las estucturas cambian"
                             Mafalda

Nos mudamos al pueblo que siempre mira hacia el Caribe, al notorio barrio Borinquen Rojo, hacia finales de los cuarenta; a un barrio tan “dinámico”, "violento", que cuando salíamos de la casa, se notaba en la cara de mama el miedo a los desconocido, a la violencia sin sentido, preocupada por los hijos; siempre había alguien tentando la hombría o amenazando a las muchachas con un, “vas a ser mía”, o buscando pelea por el solo hecho de pelear. 

En el campo, entre los jibaros el código de honor era distinto y roto pocas veces. Cuando se hacía, tenía consecuencias nefastas. Una apuesta no pagada, una palabra fuera de sitio, una virginidad deshonrada, un guapetón de pueblo que viniese a demostrar su valor eran los casos contados que documentaban los hechos violentos del barrio en las montañas. El resto del tiempo era vida tranquila, pobre pero en paz.

Las familias en el campo estaban acostumbradas a la vida en clanes, en sus antiguos mundos, emparentadas, con sus modos de compartir, de juzgar regidos por el honor, la honra, el compadrazgo. No en ese nuevo barrio que bordeaba el pueblo brujo. Todos los domingos se formaban peleas por las razones más bobas, “que si tu mujer me dijo”, “que si tu marido es esto”, “que si tus hijos”. Allí duramos seis meses.

En Borinquen Rojo Tuvimos que comenzar a aprender nuevas formas de vida, retratadas en mi memoria con el único recuerdo claro que tengo: una expresión del miedo con el que vivía mamá.

Su cara cuarteada por la tensión de los músculos, petrificada, cobriza y fundida con las paredes de madera de la destartalada casa, azotada por los años, cubierta de rendijas, rodeada de muchas casas iguales. Formaban un ambiente donde casas, cara, colores e historia eran fragmentos y un entero a la par.

En parte creo, porque siempre estuve consciente de toda esa trayectoria, que esa es la razón por la cual nunca dejamos de cuidar a los viejos.

A los seis meses de vivir en Borinquen Rojo, huyéndole a la violencia y lo impredecible, nos mudamos a un barrio de clases medias. Primero alquilamos la casa de cuatro cuartos pero más luego comprarla.

Mis hermanos mayores, que siempre fueron espabilados, inmediatamente aprendieron los ir y venir de la gente en el pueblo y lograron conseguir trabajos que los pusieron en una capa social más cercana a las familias que vivían en los barrios del centro. Maya consiguió trabajo en un taller donde les cosían a las señoras de dinero y a los pocos meses de mudarnos al pueblo se casó. Desde el campo era novia del hijo de un policía. Fue ella quien nos consiguió esta casa más cercana al centro del pueblo y aunque no vivía en casa, siempre se aseguraba de ayudar a mantener la familia. Gonzalo consiguió trabajo de dependiente en una tienda. Papá abrió un colmadito y dejó el cañaveral; mamá vendía carbón, trabajaba de costurera y atendía la casa; Toño, Cusa y yo asistíamos a la escuela.

El pueblo cuadriculado, el primero en ser planificado nos decían en la escuela, tenía divisiones marcadas por clases, ascendencias, apellidos y colores. Divisiones que a simple vista, muchas veces, no eran aparentes pero que se notaban en nuestras relaciones.

Los dueños de la casa que nosotros alquilamos vivían al lado, y como miembros de la clase civil, un burócrata y una maestra, celebraban fiestas domingueras por el solo hecho de reunirse con sus iguales, otros burócratas y maestros. Nunca vi a las familias que vivían alrededor de la plaza (los llamados blanquitos) asistir a esas fiestas, ni tampoco a doña Aurora, aunque la invitaban.

Supongo que como los vecinos eran mulatos, doña Aurora y su familia no iban rebajarse aceptándo la invitación. A nosotros no nos invitaban, y creo que de haberlo hecho no hubiésemos asistido. Celebrar fiestas sin ninguna otra razón que reunirse era una novedad para nosotros; pues en el campo sólo se celebraban fiestas durante las navidades, bodas o bautizos.

A principios de mudarnos, como la curiosidad mató al gato, a través de los huecos que había en la verja de zinc que nos separaba de la otra casa, los fisgábamos. Sabíamos cuando llegaba el invitado más importante porque siempre era el último en hacer su entrada y todos los demás allí presentes corrían al balcón a recibirlo. Acompañados por música instrumental bailaban a sus acordes, comían, y se reían si temor a llamar la atención. Cuando se acababa la fiesta, los vecinos nos pasaban un plato de comida por encima de la verja.

Al mes de habernos mudado, Maya, la primera de la familia que subió otro escalafón en las clases económicas que regían el pueblo, nos regaló el primer mueble que no había sido hecho por un pariente o compadre.

Pusimos el mueble en el dormitorio que daba para la sala y mamá aprovechó la ocasión para coserle una colcha a la cama. Cusa y yo nos sentábamos en la sala para mirarlo desde lejos. Toño y Gonzalo lo esquinaron para que luego Cusa le pasara aceite de brillar muebles. Papá, en cuclillas, desde la sala, nos miraba; con un gesto formado por los cachetes sumidos, hombros subidos y labios apretados, nos dejaba saber que no entendía la algarabía que teníamos formada.

No más perchas cubiertas con cortinas de cretona. El mueble estaba dividido en dos partes. Tenía cuatro gavetas en un lado, con un espejo al tope de las mismas. Maya le puso papel a las gavetas. Frente al espejo, Gonzalo colocó su peinilla y un pomo de brillantina Alka, mamá le añadió una cruz de madera y un rosario.

El otro lado del mueble era para colgar ropas y tenía en su puerta un espejo, frente al cual, Cusa, cuando mamá no se encontraba en casa, se pasaba horas muertas. Yo, a su lado, hacía muecas. A escondidas de mamá, la vieja no quería que le mancháramos su chiforover.

Monday, August 26, 2013

Los Palesianos Duques de la Mermelada


- Lleguéeee - gritó, con una sonrisa que mostraba la peinilla de blancos dientes, revelaba su perdsonalidad sandunguera. 

A rajatabla saludó al grupo de hombres gays; y en respuesta, algunos sonrieron disimuladamente, incómodos. Otros lo ignoraron. Trató de conversar sin recibir mucha respuesta. Se despidió, y a recapacitar sobre esos últimos meses cuando pensaba que había conocido un grupo de muchachos de su edad, cultos, y completamente fuera del clóset.

El primer “yo se lo dije” salió con un metal de voz muy agudo, pura molestia, más certero que el siguiente “yo se le dije”. Resignada, el ceño fruncido, cabizbaja, los ojos algo apagados, labios estrujados siguieron al segundo “yo se lo dije”,y no dijo más. 

Callaría para siempre lo una vez augurado, que dejara de andar con gente pará, que esos gays, tan supuestos amiguitos, eran unos hipócritas, y lo iban a usar; que a la hora de la hora le darían una patá por el culo, que eran igualitos a sus mamás y papás, unos blanquitos comemierdas.
No todos eran blanquitos. Algunos eran “jabaos” clases medias, al borde del mundo de los blanquitos, que buscaban ser parte de esa exclusiva e ilusa clase en las islas de los encantos; y en aquella fiesta no querían ser “bajados de escalafón” por estar incluyendo en sus reuniones a un jibaro algo cerrero que no había perdido la mancha de plátano.

En un mundo en el cual nunca iban a entrar por completo, ni ellos, los jabaos blanquitos, ni él. En aquella fiesta descubrió la telaraña que conforma las relaciones de clases y colores en el San Juan de los noventa.

Su cutis porcelana, pelo y ojos negros le abrieron puertas en los círculos algo cerrados de las claques gays isleñas, hasta que abría la boca.

Un - ¡ay, virgen! -, “gritaíto”, ese grito agudo, ahogado, que se oye en los cerros cuando el jibaro se sorprende, lo delataba inmediatamente.

El alto, guapo y sexy joven pasaba de ser un buena tarjeta de presentación a icono de lo popular, lo campesino. Y allí, los “jabaos” que se creían ser parte de las elites gays no querían que le desestabilizaran su membrecía en los círculos de la “chicquería” sanjuanera.
El tercer “yo se lo dije”, acompañado por lágrimas, por advertencias,  - Cuando regresó al campo y le pedi que no le hiciera caso a las burlas de los demás, que aquí lo queríamos, se fue al patio y que a buscar no sé qué cosa. Lo que menos me esperaba era que fuese y se colgara de un árbol.

Sunday, August 25, 2013

Otro Antoñín, y no el de Lorca,

Saqué la mano del pene, rojo de tanta fricción. Con la erección en espera de completar su misión, el pene apuntando el camino, llegué hasta la mesa, a terminar de doblar el mantel, sacarle las manchas dejadas por el vino tinto; excelente cosecha.

Otra noche, otra temblequera de fumador y amante anónimo, otra masturbación incompleta.

Cada cama es una escuela; cada amante, un maestro.

Busqué ropa limpia. Me puse los calzoncillos con el pene medio erecto. Se salió por los lados de los malgastados jockeys. Lo acomodé con mucho cuidado. Me puse unos pantalones largos. Un vaso de agua. Me cambié de camisa. Me peiné. Me quité la camisa. Peinéde nuevo. Encendí unos de los ilegales.

Música de jazz latino acompaña muy bien la reflexión sobre lo aprendido en la cama. Hacer de butch requiere firmeza y dirección clara. Deseaba música lenta y de amor, me dije a mí mismo. Siempre, Gato Barbieri.

Recuerdos de aquel agosto caluroso, lleno de turistas y negocios cerrados, vientos, sabe a romance en plenilunio.

El timbre del teléfono.

- Hola, ¿qué haces?
- Soñando bajo los efectos de un pitillo.
- ¿En qué o quién?
- En él. ¿Qué quieres que haga?
- ¿En cuál?
- El de Mikonos. El de anoche fue una lección para aprender a acostumbrarme
- Si no tienes más nada que hacer.
- Ese tipo me dejo mal y bien.
- Mikonos se quedará grabado y Manhattan no lo rellena.
- C’est la vie

Dos años más tarde sigo "a la recherche du tricks perdu". El interlocutor no tolera un segundo más mi monotema, oír mi continuo lamento. Me interrumpe,

- Bloomingdales está ofreciendo una venta especial de zapatos. ¿Vamos?

- Vamos. El jugar el papel de macho cabrío, a lo Antoñín de Lorca, no se me hace fácil.

Friday, August 23, 2013

Bloomberita, canto 'e veleta, pa'fuera

Pa'fuera la Bloomberita. Que se quede en Chelsea junto a la oportunista y elitista chicqueria lesbo-gay, pues es obvio que solo "representan" sus propios intereses. Lo que no han discutido los periódicos "mayoritarios" es el descaro de Bloomberita, quien después de apoyar el racismo del alcalde, decidió pasar una noche en los caseríos públicos para ver cómo vivian los pobres negros y latinos. Con apoyo de lesbianas y gays así, los gays latinos no necesitan enemigos. "Sorry, if we stop and frisk you just because you are a darkie".  

Thursday, August 22, 2013

El castellano del jíbaro en CCNY: Dir, Vei, Asina

Asina, dir, veí no eran fósiles que estudiábamos en la escuela. Eran las palabras de mis viejos. Ambos, jíbaros de pura cepa del Jájome, antes de ser "gentrified" por la chicquería de San Juan.

Jíbaros que mascaban tabaco y escupían salivas negras en el patio de la casa, en el barrio donde se burlaban del asina, el veí y el dir.

Palabras que junto al dejar el tabaco, aprendieron a callar; obligados por los hijos que ya estaban "enlenguados" en las formas del nuevo vivir; obligados por vecinos urbanizados, proletarios y profesionales, a dejar de ser lo que en un momento fueron, lejos de los cerros de  Jájome .

Hoy, otros vecinos quieren seguir avergonzando: por ser puertorriqueño, por ser maricón, por no tener abolengo, por.....

Que si vivimos del “welfare” (bien común). Que si somos colonizados. Que si tenemos de negro. Que si somos pecadores.

Dir, veí, asina son evocadas por la muy enciclopédica profesora en City College que corregía, avergonzaba públicamente a los estudiantes puertorriqueños cuando estos soltaban una “comel” o un “perrro”; mucho más preocupada por unos estándares que por el estado de ánimo o ilusión de aprender que los jóvenes llevaban a su salón de clases.

En el ensayo “Lenguaje, Dialecto e Ideología”, Emilia Ferreiro, al igual que Pablo Freire en Pedagogía del Oprimido, sugiere que los maestros al imponer - distinto a explorar o conocer - las normas del idioma, reproducen los valores de la clase dominante. Incluso, aquellos de corte izquierdista, se convierten en instrumentos de los que se benefician de la opresión del significativo otro.

Veí, asina, dir son recuerdos de una colonización que no termina, independencia nacional o no; al ser jíbaros, blancos entre comillas, tenían muy claro que si dejaban de mascar tabaco, cambiaban su léxico, derivados, fonemas podían entrar a espacios que le eran prohibidos a los más trigueños.

Ironía o contradicción, los más trigueños en el pueblo que siempre mira hacia el Caribe eran los que en una época se encargaban de corregir.

Los más trigueños conocían sus fronteras, sus censuras, sus vedas, las burlas; aquellas de las que no podían salir.

Los más trigueños siguen sufriendo los vestigios de la colonia anterior, y los nietos del jíbaro hoy presiden los clubes privados de los cuales una vez fueron excluidos los asina, vei y dir. 

http://memoriasdeungaysesenton.blogspot.com/2013/01/the-city-college-of-ny-and-castilian.html
http://memoriasdeungaysesenton.blogspot.com/2012/02/city-college-of-ny-and-castilian.html
http://memoriasdeungaysesenton.blogspot.com/2013/08/ccny-educacion-bilingue-y-la-ensenanza.html
http://memoriasdeungaysesenton.blogspot.com/2013/01/tembandumba-de-la-quimbamba-en-el-city.html
http://memoriasdeungaysesenton.blogspot.com/2013/08/metodos-y-metodos-para-aprender-leer.html

Wednesday, August 21, 2013

Métodos y métodos para aprender a leer (in progress)

“Que a ese conjunto de lo que no es dibujo se le denomine letras, cincos, cuatros no implica que lo conciba como un conjunto de elementos sustitutos de otros.”

Que las letras empiecen a ‘decir algo’ en la proximidad de una imagen no significa que ellas ‘digan’ fuera de esta condicion privilegiada.”
"El comprender la naturaleza del sistema de escritura y su función plantea problemas fundamentales, al lado de los cuales la discriminación de formas, su trazado, la capacidad de seguir un texto con la vista, etc., resultan completamentesw secundarias."   

(Ferreiro y Teberosky, Los Sistemas de Escritura en el Desarrollo del Niño, Siglo XXI, Madrid: 1984).    

“Lo que dicen Ferreiro y Teberosky es interesante pero no puedo ponerlo en práctica porque mi salón es tradicional”. 

 (Estudiante de maestría y maestra de primaria en educación bilingüe)
La lecto-escritura inicial se  refiere al periodo durante el cual los estudiantes aprenden a leer y escribir. Las discusiones académicas y los postulados sobre el inicio en la lecto-escritura se fundamentan en: tradiciones heredadas desde mucho antes de la era moderna; análisis de las estructuras y contenidos lingüísticas; posturas políticas y socio-culturales; en teorías científicas que describen y argumentan favor de tal o cual métodos; y ultimadamente, en los estudios que describen el cómo los estudiantes “construyen” y descifran el sistema que comprende la escritura.

Ferreiro y Teberosky  han investigado y descubierto una progresión del proceso de aprendizaje del sistema de escritura, y proponen que los lectores desarrollan hipótesis sobre la lengua escrita. A principios, los niñas y niños tienen una escritura indiferenciada, que las investigadoras denominaron "pre-silábica". Han construido una 1a hipótesis que logra diferenciar la escritura del dibujo, pero no grafican letras convencionales.

Luego, logran elaborar un variado repertorio de grafías convencionales reguladas por una hipótesis de cantidad mínima (no se puede leer si no hay una cierta cantidad de letras), otra hipótesis, la de variedad (letras iguales no sirven para leer) y otras relacionadas con la dirección de la escritura y con el abordaje del espacio plano.

Durante la construcción de la hipótesis denominada por las investigadoras como hipótesis "silábica", niñas y niños intentan otorgar valor sonoro a cada grafía.
En la constitución de la hipótesis sobre el sistema de escritura, denominada "silábica-alfabética" se produce cierta confusión en el proceso de aprendizaje, pues deben abandonar paulatinamente as hipótesis construidas con anterioridad. Los conflictos se producen, generalmente, por la dificultad de coordinar las diferentes hipótesis, lo que induce a que quien aprende no sea todavía capaz de segmentar convencionalmente las palabras en la frase.

A partir de los conflictos cognitivos relacionados con la convencionalidad y arbitrariedad de la lengua, comienzan a elaborar la hipótesis sobre la escritura, ya que niñas y niños hacen correspondencia entre el fonema y el grafema, alcanzando la denominada hipótesis "alfabética". Pero, ésta no es el final del proceso puesto que quedan por resolver ciertas dificultades que se presentan en la comprensión del sistema, sobre todo en la sintaxis y la ortografía.

Una vez presentadas las ideas que investigan Ferreiro y Teberosky, se le pidió a un grupo de estudiantes de pedagogía que enumeraran los métodos que  usaban para evaluar estudiantes (véase respuesta de estudiante al principio de este ensayo), y se encontró que no podían distinguir entre métodos para evaluar y métodos para impartir una clase o lección.

La estudiante/maestra de primaria anteriormente citada no sabía qué hacer con las ideas que explican cómo los estudiantes conceptualizan los garabatos, las letras, las ideas, las estructuras textuales; y confundía los métodos que evalúan cómo el estudiante piensa y conceptualizan la lecto-escritura con los métodos que se usan para “dar clases”.         

Tradicionalmente en español se han usado dos métodos para iniciar los estudiantes en la lecto-escritura: el global y el silábico (el fonético es una copia del modelo impulsado a principios del siglo XX por los conductistas americanos, copiado por algunos educadores hispanos sin una crítica seria sobre las diferencias entre ambos idiomas). Ambos métodos llevan a los estudiantes a reconocer y descifrar símbolos, pero raras veces cubren las múltiples posibilidades de esos símbolos. Cuando se usa uno de esos métodos, la evaluación de los estudiantes consiste en poder identificar si los estudiantes pueden leer las silabas, o palabras y frases presentadas.

Ninguno de estos dos métodos incluyen en sus pasos o procedimientos indicaciones que sirvan para investigar las ideas que tienen los estudiantes sobre los textos; y una vez los estudiantes se encuentran con textos complejos donde, para poder descifrar las diversas funciones y significados del símbolo/signo/significante, se requiere conocer las posibles y diversas funciones, fracasan. Y estos fracasos se deben en gran medida a la inhabilidad de los “teacher-educators” de conocer cómo y qué piensan los estudiantes sobre los garabatos, las letras, los cuentos……, los métodos; sus propios estudiantes.

Tuesday, August 20, 2013

CCNY: Educación Bilingüe y la Enseñanza del Español en Nueva York (in progress)


Cuando Pedro Algarín, Isaura Santiago, Yolanda Rivero, Carole Joseph, y otros nombres que cuarenta años mas tarde no recuerdo, nos reunimos para diseñar e implantar el programa de formación de maestros bilingües en el CCNY, teníamos muy claro y sin titubeos que las cursos sobre la pedagogía de los idiomas tenían que ser enseñados en el idioma-tema de los cursos y cubrir, además de los asuntos lingüísticos, sus variables culturales, políticas y económicas. Queríamos evitar la muy contraproducente práctica de enseñar sobre didáctica  e idiomas “minoritarios” en inglés, muy generalizada en los programas que se dedican a formar maestros bilingües. Y para complicar más las cosas, no solo estaban enseñando en inglés sobre la didáctica del español, hay suficiente evidencia para comprobar que cuando se referían al idioma lo hacían partiendo de unas posturas bastante elitistas, etno-céntricas, evitaban a toda costa entrar en las variedades del mismo dentro de las zonas urbanas de los EEUU, y peor todavía, no se cubría casi nada que tuviese que ver con los estándares del español caribeño (véase artículos sobre este tema en este blog; y el enlace que aquí les anexo).

 
Mirabal, Omar. “URGENCIA DE UNA NUEVA PEDAGOGÍA EN LA ENSEÑANZA DEL ESPAÑOL PARA HISPANOHABLANTES EN LOS ESTADOS UNIDOS”.  http://www.linguas.net/LinkClick.aspx?fileticket=os0JN5Gjkow%3D&tabid=695&mid=1356&language=en-US

Panzas en Quebec


Bailar todas las tardes puede ser un poco excesivo cuando se tiene más de cincuenta y pico de años. Y si tienes unas cuantas libras de más alrededor de la cintura y una buena panza para comprobarlo, bailar puede ser algo incómodo; todas las tardes, puede acelerar los infartos.

En algunos de los bares de la Sainte Catherine estos asuntos no importan. En dichos bares se reúnen hombres mayorcitos para bailar, en parejas o por su cuenta. En pareja, la panza los obliga a bailar sin tocarse los cachetes. Las panzas no permiten el entrar en juegos románticos mientras bailan un foxtrot, una mazurca, un rock light o una balada.

Las panzas de los tea dancers de la tercera edad en la Sainte Catherine reinterpretan, redefinen el por qué se baila en pareja. Quién guía a quien no está claro. En medio de una pieza, un baile, cambian de papel; ahora uno, luego el otro. Aquel pone ahora su brazo sobre el hombro del otro; luego, lo pone por la espalda. A estos bailarines madurados al ritmo del Stone Wall, la panza y la edad le dan una libertad, vistos desde la calle y las terrazas al aire libre, que despierta la envidia del cualquier viejo reprimido.
Bailan, conversan en francés o en franglés, o simplelente no hablan, y mueven sus añejados cuerpos al ritmo de lo que sea. Mientras tanto, un flirteo de cuando en vez o de vez en cuando no viene mal. Que si aparece un nuevo "parejo" para ir más allá de la sala de baile, pues a juntar las nuevas panzas y a seguir bailando.

Monday, August 19, 2013

Hustlers in Quebec

The desire to be someplace else, in a different body, perhaps, to have a different history, was interrupted by the young woman’s comment,

"Papa, that man on the cover of the book looks like your friend”. 
Had his daughters kept walking down old rue Saint Jean, Didier’s undesired memories, repressed angers, vices would have continued in a state of denial, but the young woman recognized what she thought were one of his father’s  acquaintances, a face from the past on the cover of Dr. Andrew Toto’s latest book. Didier would have preferred to stay in the amnesia corridor instead of having to remember his tortuous sexual past, full of lies and seductions. It was better to forget than to recall painful memories in front of a book store in the belle province.

For Didier it had been a difficult task to make sure that his children never learned about his past dependency on older men; much less for them to know about his involvement in quite a lot of misled seductions and dishonest sexual games. He continued to deny his sex escapades with men. And whenever he was willing to recognize them, it was not his doing but the old men who were after him. He had never called any man "my love", nor he ever told Dr. Toto about how special he was or that he was completely straight,

The faces on the cover of the book spoke to a past he rather forget. A very sad weary sense of his self was felt while standing, frozen in front of the old man's face on the cover of the book  David, Andre and Dr. Toto. The faces on the cover had never met in person but were brought together through the open pages of Facebook. Perhaps, they came across each other in the lobby of the Sainte Andre, the starless hotel or at the bar in Le Village, where Dr. Toto was doing research on older gay men and their obsessions.

It was not a pleasant surprise to realize that he could be another character in one of those stories about distorted realities of gays in denial, living clandestine sexual affairs and claiming to be straight while searching in bathhouses or public toilets for anxiety driven pleasures. The characters populating Dr. Toto's literary world were mostly older men going after young guys.

Didier was never interested in reading short stories and at the age of forty, he was trying to forget old memories, but like all truths searching for evidence in order to validate themselves, the events and sexual affairs kept coming back through objects, the book cover, photos, artifacts that he had obtained from old men. The confused faces of his children trying to figure out if the doctor they once met was the same one on the cover and why was their father denying that he knew Dr. Toto.


The question of one of his adolescent children brought Didier out the trance, and he quickly answered with an out of place, "leave me alone, why should i know these perverts?"

"Sorry, but the look of your face led me to think you knew something about the book and Doctor Toto seems familiar to us."

His automatic "Let’s go" followed by another of Didier distorted answers led the two children away from learning about the book, the world of hustlers and their sugar daddies claiming to be straight; men who easily forget…. easily forget……


El culo y sus historias

Ya no cago. Hace años que no cago.

No, no es por razones patológicas que no cago. Mi salud está "como coco".

No cago porque he logrado poder evacuar sin tener que llevar la excreta hasta el culo; mi cuerpo se encarga de reciclar la mierda. La convierte en gas antes de que esta salga fuera del mismo.
 
Mi culo no es el culo de JLo. Simple y llanamente es mi culo. La JLo es puras nalgas. Mis nalgas son menos voluptuosas, aunque más delicadas y duritas que las de la López.

Mi culo es poesía. Y debido a su lirismo, un científico y mal comprendido poeta, El Jíbaro,  me ofreció mucha plata si le prestaba mi culo.

Una vez estuve bien informado sobre sus intenciones, se lo puse a su disposición- siempre y cuando no abusara del mismo - para que investigara sobre las posibilidades de usarlo como instrumento técnico de reciclaje de la mierda.

El Jíbaro, incluso, escribió versos y letanías sobre mi culo; publicados en un blog que mantiene sobre la vida de los homosexuales durante la era pos Stone Wall.  

No eran mis nalgas lo que a El Jíbaro le interesaba. Tampoco, en el sentido estricto de la palabra, le interesaba mi culo.
Su intención, por un lado, poetizar sobre el ano y luego usarme como conejillo de indias para investigar si sus teorías sobre la emisión y reciclaje de gases podían ser comprobabas.

Para la investigación científica y no para la poesía, necesitaba un culo que tuviese ciertas dimensiones, y el mío, después de medirlo y estudiar sus propiedades cumplía con sus requisitos literarios y científicos.
Mi culo tiene una circunferencia perfecta, criterio fundamental que guiaba la selección del ano por parte de El Jíbaro y que sirvió de punto de partida para investigar si cumplía con otros requisitos formales, sus colores y olores.

Nada de pelos ni hemorroides. Sus arruguitas, sin mayor pronunciamiento, y que fuese rosadito con alguna que otra tonalidad marrón.

Los olores fueron más problemáticos y se resolvieron con un cambio en la dieta y uso de jabón. Nada de Maja o Yardley; jabón sin perfume y hecho a base de caléndula.

Una vez completó el estudio de mi culo, me cambió la dieta y, fundamentándose en los ejercicios que sugiere el yogui Arivhanda Moombai en su libro, Poses Anales y el Desarrollo Espiritual, comenzó a entrenarme para que dominara el estiramiento anal. ¡Como sufrí!
Una vez aprendí a expandir y contraer el orificio anal, comenzaron los ejercicios de respiración. El Jíbaro consiguió que otro yogui, Malahonda Raja, me entrenara en el arte de respirar por el culo.

Malahonda, un americano originario de Iowa, vía Skype consiguió ayudarme para poder mejorar el inhalar y exhalar; ejercicios que luego me llevaron donde el propósito de El Jíbaro: usar la capacidad para inhalar con fuerza y así poder mover las entrañas de manera que continuamente revolviera la excreta por dentro, cual procesador de alimentos, hasta triturarla y convertirla en gas.
Lo que no me esperaba es que, después de que El Jíbaro me pidió meter un dedo y jugar con mi ano, metió otro dedo, luego la mano, hasta que entró su cuerpo completo en mi cuerpo.

Logró lo que a principios me había dicho - yo, al no prestarle atención no vi cuáles eran sus verdaderas intenciones,  no quería ni que se lo comiesen los gusanos, ni terminar en forma de cenizas; mucho menos regresar al polvo.
Darle el culo a El Jíbaro no ocurrió de la noche a la mañana. La edad, mi (a)sexualidad e incomodidad con mi papel en la sociedad me sirvieron de motivo para aceptar la propuesta de El Jíbaro.

Una vez me explicó sus intenciones, usarme como conejillo de indias (véase al calce un enlace al blog Culo, Poesía y Reciclaje*), me dediqué a estudiar e investigar un poco sobre el tema; la relación entre los gases y el ser.

Ya que la medicina occidental no aceptaba tal proyecto, fue la medicina tradicional china la que me ayudó a entender que mi cuerpo reflejaba una cosmología. En uno de los cursos que tomé sobre anos y funciones, un excelente orientalista y médico cubano, don Teocracio Bajaonda, quien luego se había interesado en las perfectas dimensiones de mi culo, me explicó la relación entre el yin-yang, los dos aspectos del Ch’i, la energía o hálito primario, y los gases.
Aunque dicha filosofía establece cualidades opuestas para el yin (como el frío, la humedad, la oscuridad y lo femenino) y el yang (el calor, la sequedad, la luz y lo masculino), no se trata de algo estático, pues en esta dualidad se presenta un constante intercambio e influencias entre los dos elementos.

El diagrama que me presentó el doctor Bajaonda enumeraba las bacterias, virus y los gusanitos que en mi cuerpo vivían, muchos de ellos eran consecuencia de la enorme cantidad de guayabas que comía en mi Caribe natal.

¡Eureka! Descubrir que mi cuerpo era un ente dinámico, y que, cual colmena, alojaba otros muchos cuerpos, me ayudó, por un lado, a minimizar el sentido de soledad y, por otro, a reconsiderar que mi ser no se limitaba a un solo Ch’i, pues se nutria de los Ch’i de los gusanitos, bacterias y virus que en él se alojaban. Con esta información me dirigí donde El Jíbaro, acepté su propuesta y viví lo anteriormente relatado en otro cuento.


En uno de aquellos talleres sobre culos y etnias, tremendo susto, sentí un dolor en el pecho. Azorado, me levanté del pupitre, corrí a buscar una aspirina, y en camino a llenar un vaso de agua, eructé. Era un gas atorado en el pecho, seguido por gases anales. ¡Qué alivio! Después de todo, a esta edad se puede uno ir para el otro lado más ligero que rápido, y sin querer, puede terminar hecho polvo o espíritu o simplemente volverse otro gas.

Gases que no llegaron de noche con gran cautela, como llegaron los Tres Reyes Magos en aquel villancico puertorriqueño que se oía por los lares y jurutungos de las islas de los encantos. Llegaron sin esperarse en otro taller sobre literatura, etno-céntrismo y el ano; y salieron casi en respuesta a uno de esos constructos atomistas que repiten los que no pueden ir más allá de los datos, los ‘petite’datos.

¡Unjú!, dijo el jíbaro literario de Llorens, y este otro, el que había entrado por mi culo, lo decía, el ‘unjú’, con una retahíla de pedos bien sonados. Retahíla que la muy lingüísticamente engalanada profesora de anos y etnias no pudo resistir, sus muecas la delataban. Mucho menos pudo evitar el olerlos, por poco se asfixia cuando trató de cerrar los rotitos de su muy anchita nariz.

Al menos, calló y paró de citar datos a tontas y locas que no servían ni para explicar las historias de los jibaros en el noreste de los EUA, ni sus relacion con las habichuelas. Si hablaba, los humos de El Jibaro la hubiesen invadido.
Sin esperar respuesta, otro de los allí reunidos, un lingüista, comenzó a citar datos y explicaciones sin parar: que si la Mari Mari Narváez en Claridad, que si Fernando Picó en 80grados, que si Jorge Duany en la Revista de Oriente, que si los billones que salían y no regresaban a las islas, que si las multinacionales, que si la economía informal, que si los inmigrantes que sacaban y no invertían, que si Antonio Gramsci y la hegemonía cultural, que si los discursos del imperio y los papagayos que los reproducían sin reflexionar sobre los mismos o darse cuenta que le servían de fotutos a los verdaderos cocorocos. 

Aunque algo avergonzado, y bastante sorprendido ante la casi automáticas respuestas del lingüista, lo miré detenidamente. Algo andaba fuera de serie: estaba descolorido, amarillenta su tez, adormecidos los ojos, con una cara que proyectaba felicidad, paz interna; y, distinto a la etno-céntrica, no hacía muecas, ni trataba de cerrar la nariz. Su metal de voz, más suave que de costumbre, recordaba a otro personaje.

Abrí la boca, en shock, No podía creerlo. Era El Jibaro quien hablaba. Cual espíritu a lo Allan Kardec había entrado en el cuerpo del lingüista. Sus planes no eran entrar en mi cuerpo solamente. Sus maquiavélicos planes incluían penetrar en todos los cuerpos posibles. Claro, valga la aclaración, donde no pudo entrar fue en el cuerpo de la etno-céntrica o en el de quien se negara a reproducir sus cuentos, oler sus pedos.


Un eructo, tenía un sabor muy particular que no era el del biftec encebollado con mucho ajo que me acababa de comer, y mucho menos evocaba los residuos del desayuno, dos huevos pasados por agua. Sabía a metal. Otro susto. Sabor a metal en el paladar no es algo que un cuerpo normal desee.

Aunque hacía meses que lo había digerido, seguía mandando mensajes. Recordé su sonrisa y carcajadas, sus dientes de oro y sus muelas empastadas con plomo. Cuando entró en mi cuerpo (véase relato sobre este asunto en otro blog) no dejó nada fuera, incluyendo su engalanada dentadura.


Por suerte, se había quitado la gruesa cadena de dieciocho quilates, el reloj de oro y sus sortijas cargadas de piedras preciosas; las que nunca soltaba. Hasta cuando se ponía pantalones cortos y zapatillas se encasquetaba la extensa joyería; “look” de bolitero del Sur del Bronx en pleno verano.

No que hubiese sido un problema, digerir y triturar el oro, me comentó un médico. Ese metal es usado por los homeópatas como elemento que combate las tendencias suicidas. Quizás era por eso El Jíbaro no tenia tendencia suicidas; por la cantidad de oro que siempre tenía puesto encima.


Ni las novias hindúes se ponen tanto metal amarillo; y si Bollywood está en lo correcto, las novias hindúes tampoco son suicidas porque la gente se pasa bailando y cantando.

El Jíbaro era transformista no-travesti y esa creencia y su escuela, los transformistas, lo llevaron hasta lo ya relatado en cuentos anteriores.

Hoy, hecho gas, con sus eructos, pedos y otras emisiones no materiales, comprueban que si nos hacemos polvo, nos convertimos en gases.