Tuesday, August 27, 2013

El Chiforover, 1950

"Las estucturas cambian"
                             Mafalda

Nos mudamos al pueblo que siempre mira hacia el Caribe, al notorio barrio Borinquen Rojo, hacia finales de los cuarenta; a un barrio tan “dinámico”, "violento", que cuando salíamos de la casa, se notaba en la cara de mama el miedo a los desconocido, a la violencia sin sentido, preocupada por los hijos; siempre había alguien tentando la hombría o amenazando a las muchachas con un, “vas a ser mía”, o buscando pelea por el solo hecho de pelear. 

En el campo, entre los jibaros el código de honor era distinto y roto pocas veces. Cuando se hacía, tenía consecuencias nefastas. Una apuesta no pagada, una palabra fuera de sitio, una virginidad deshonrada, un guapetón de pueblo que viniese a demostrar su valor eran los casos contados que documentaban los hechos violentos del barrio en las montañas. El resto del tiempo era vida tranquila, pobre pero en paz.

Las familias en el campo estaban acostumbradas a la vida en clanes, en sus antiguos mundos, emparentadas, con sus modos de compartir, de juzgar regidos por el honor, la honra, el compadrazgo. No en ese nuevo barrio que bordeaba el pueblo brujo. Todos los domingos se formaban peleas por las razones más bobas, “que si tu mujer me dijo”, “que si tu marido es esto”, “que si tus hijos”. Allí duramos seis meses.

En Borinquen Rojo Tuvimos que comenzar a aprender nuevas formas de vida, retratadas en mi memoria con el único recuerdo claro que tengo: una expresión del miedo con el que vivía mamá.

Su cara cuarteada por la tensión de los músculos, petrificada, cobriza y fundida con las paredes de madera de la destartalada casa, azotada por los años, cubierta de rendijas, rodeada de muchas casas iguales. Formaban un ambiente donde casas, cara, colores e historia eran fragmentos y un entero a la par.

En parte creo, porque siempre estuve consciente de toda esa trayectoria, que esa es la razón por la cual nunca dejamos de cuidar a los viejos.

A los seis meses de vivir en Borinquen Rojo, huyéndole a la violencia y lo impredecible, nos mudamos a un barrio de clases medias. Primero alquilamos la casa de cuatro cuartos pero más luego comprarla.

Mis hermanos mayores, que siempre fueron espabilados, inmediatamente aprendieron los ir y venir de la gente en el pueblo y lograron conseguir trabajos que los pusieron en una capa social más cercana a las familias que vivían en los barrios del centro. Maya consiguió trabajo en un taller donde les cosían a las señoras de dinero y a los pocos meses de mudarnos al pueblo se casó. Desde el campo era novia del hijo de un policía. Fue ella quien nos consiguió esta casa más cercana al centro del pueblo y aunque no vivía en casa, siempre se aseguraba de ayudar a mantener la familia. Gonzalo consiguió trabajo de dependiente en una tienda. Papá abrió un colmadito y dejó el cañaveral; mamá vendía carbón, trabajaba de costurera y atendía la casa; Toño, Cusa y yo asistíamos a la escuela.

El pueblo cuadriculado, el primero en ser planificado nos decían en la escuela, tenía divisiones marcadas por clases, ascendencias, apellidos y colores. Divisiones que a simple vista, muchas veces, no eran aparentes pero que se notaban en nuestras relaciones.

Los dueños de la casa que nosotros alquilamos vivían al lado, y como miembros de la clase civil, un burócrata y una maestra, celebraban fiestas domingueras por el solo hecho de reunirse con sus iguales, otros burócratas y maestros. Nunca vi a las familias que vivían alrededor de la plaza (los llamados blanquitos) asistir a esas fiestas, ni tampoco a doña Aurora, aunque la invitaban.

Supongo que como los vecinos eran mulatos, doña Aurora y su familia no iban rebajarse aceptándo la invitación. A nosotros no nos invitaban, y creo que de haberlo hecho no hubiésemos asistido. Celebrar fiestas sin ninguna otra razón que reunirse era una novedad para nosotros; pues en el campo sólo se celebraban fiestas durante las navidades, bodas o bautizos.

A principios de mudarnos, como la curiosidad mató al gato, a través de los huecos que había en la verja de zinc que nos separaba de la otra casa, los fisgábamos. Sabíamos cuando llegaba el invitado más importante porque siempre era el último en hacer su entrada y todos los demás allí presentes corrían al balcón a recibirlo. Acompañados por música instrumental bailaban a sus acordes, comían, y se reían si temor a llamar la atención. Cuando se acababa la fiesta, los vecinos nos pasaban un plato de comida por encima de la verja.

Al mes de habernos mudado, Maya, la primera de la familia que subió otro escalafón en las clases económicas que regían el pueblo, nos regaló el primer mueble que no había sido hecho por un pariente o compadre.

Pusimos el mueble en el dormitorio que daba para la sala y mamá aprovechó la ocasión para coserle una colcha a la cama. Cusa y yo nos sentábamos en la sala para mirarlo desde lejos. Toño y Gonzalo lo esquinaron para que luego Cusa le pasara aceite de brillar muebles. Papá, en cuclillas, desde la sala, nos miraba; con un gesto formado por los cachetes sumidos, hombros subidos y labios apretados, nos dejaba saber que no entendía la algarabía que teníamos formada.

No más perchas cubiertas con cortinas de cretona. El mueble estaba dividido en dos partes. Tenía cuatro gavetas en un lado, con un espejo al tope de las mismas. Maya le puso papel a las gavetas. Frente al espejo, Gonzalo colocó su peinilla y un pomo de brillantina Alka, mamá le añadió una cruz de madera y un rosario.

El otro lado del mueble era para colgar ropas y tenía en su puerta un espejo, frente al cual, Cusa, cuando mamá no se encontraba en casa, se pasaba horas muertas. Yo, a su lado, hacía muecas. A escondidas de mamá, la vieja no quería que le mancháramos su chiforover.

No comments: