Wednesday, June 25, 2014

Kettenhofweg, Frankfurt, 1981

El tren no llegaba hasta las cinco. Con una hora de espera, tenía tiempo suficiente para comprar lo que sería nuestra cena y una buena botella de vino. Celebrábamos nuestros encuentros como si no nos hubiésemos vistos por años. Hacía dos semanas que no nos veíamos, y la despedida en  Hannover parecía más una despedida de un soldado que se va para la guerra, que la de dos jóvenes amantes al borde de la intelectualidad en una Alemania pos-moderna.

Después de pasar un mes en la comuna gay rural, donde todo era de todos, desde los sweaters hasta los amantes, Günter regresaba a su trabajo de guionista para la radio – en esos momentos estaba investigando sobre las posturas políticas de los ciudadanos que vivían en una zona cerca de un campo de concertación nazi; yo volvía a Frankfurt, al apartamento que compartía con la Koester, y a sus extensas conversaciones sobre todo y de todos.

Desde el banco, lo vi bajarse del tren. Su emblemático maletín, desgastado, quizás encontrado en la basura, o regalo de alguien, o liberado de alguna casa, lo distinguía, junto a sus estrujadas y nada entalladas ropas, de los muy pulcros pasajeros alemanes. Sonreímos, nos saludamos de lejos, y una vez más el extenso y fuerte abrazo llamaba la atención de los que pasaban cerca de nosotros. - ¿Que habrá pasado? - Hermanos no pueden ser. - Alguna perdida familiar. - Celebran algo, un premio.

Como no nos besábamos en público y por aquella época, la gran mayoría de la gente heterosexual prefería no aceptar que dos hombres se amaran y tuvieran sexo, otras preguntas eran más fáciles de formular, menos desestabilizadoras del status quo. Si nos hubiesen visto en la cama, al desván terapéutico con ellos.

Aquel largo abrazo, las manos tocando el pelo, los cachetes, luego bajadas hasta las espaldas, un suave y andrógeno empujón para mirarnos las caras, de nuevo otro abrazo, y las preguntas y respuestas de rutina - ¿Cómo te fue el viaje? -, -Sin tropiezos-, -¿Cómo estás?-, -Cansado-, -Cenamos- fueron interrumpidas por – ¡La compra! – y la sonrisa que nos unía frente a las pequeñas catástrofes, los desaciertos que guiaban nuestra relación.

Comida no nos iba a faltar, y aunque sería la muy favorita macrobiótica que Barbara Koester comía por aquel entonces, nos teníamos el uno y el otro. Tampoco tendríamos el buen vino; tomaríamos las muy espesas cervezas sin filtrar, biológicas, que vendían en la tienda naturola cerca del Kettenhofweg, Frankfurt, 1981.      

      

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