Saturday, October 1, 2016

EL SUICIDIO

Aparte del mal carácter, no tengo otros males. Una bendición, una constitución de hierro, una voluntad de acero (a veces) pueden servir para explicar el que después de casi treinta años de haber estado expuesto al VIH no me enferme -fuera de uno o dos catarros-; y no tomo medicamentos. Ni aspirinas. El café matutino, el buen vino y un pitillo de mariguana de vez en cuando son mis únicas drogas. Trust me! Dos profesores en dos escuelas de medicina en PR y los EEUU, conocidos personalmente, me dijeron que había matado el virus. A saber, que la ciencia y los cuerpos no son predecibles, pero a esta edad tan avanzada, se está muy agradecido. Hasta que las crisis existenciales derrumban la voluntad de acero y despiertan el deseo de matarse, suicidarse.

La primera vez no duró mucho el deseo. Acababa de descubrir que estaba infectado y entré en una crisis emocional que me llevó a querer suicidarme. No ayudaba que uno de mis mejores amigos, muy enfermo de SIDA, se suicidó en mi apartamento y yo tuve que bregar con lo que vino después. Mi crisis fue aliviada por un grupo de amigos extraordinarios, terapia intensiva, la meditación espiritual, las peregrinaciones a santuarios, y una fuerza interna inexplicable me llevaron a superar la crisis. Frente a un río, cerca de la casa de campo de uno de mis amigos supe que no me podía suicidar. Otros iban a sufrir por mi culpa. Recuerdo como ahora  la mirada del hijo de mi amigo, un adolescente con el síndrome de down que sabía que yo estaba sufriendo, con aquellos ojos llenos de ternura y bondad incondicional.

Crecer rodeado de violencia, muertes que resultan de la violencia, intentos de suicidio no ayudan a vivir sanamente. Ante ese ambiente, si no controlas las defensas e inflas el ego, la auto-destrucción es casi automática. Lo sé. Lo viví en carne propia. Y no hay consejo que valga, se requieren muchas más ayudas para poder salir de esos infiernos. Esta última y segunda vez no lo esperaba. Una simple comunicación lo destapó de nuevo y ese obscuro y malvado deseo duró casi dos semanas. Una vez más, unas amigas, dos parientes y un astuto lector de mi blog que se dio cuenta que algo andaba mal ayudaron a salir de esas tinieblas. Y como había ocurrido casi treinta años atrás, frente al río y ante los ojos del hijo de mi amigo, de nuevo la catarsis fue detonada por el amor incondicional expresado en los ojos llenos de tristeza de mi sobrino-nieto. Su compasión sin palabras hizo que mi obscuridad viera un poco de luz, me obligara a no querer que otros sufrieran por mi culpa.

Durante esas dos semanas de crisis, antiguos rencores y resentimientos, relaciones tóxicas en las cuales fui participe y agente activo salieron a flote, y ataqué a otros sin misericordia. Lo que estuvo reprimido, que nunca fue resuelto y debió haberlo estado, explotó. Pedí perdón, pero también reconocí que estuve involucrado con gente -supuestos amigos, romances- que de no tener tendencias suicidas, hubiese evitado. El suicidio emocional llevaba años cuajándose.

Como escritor aficionado que soy, el ciclo lo he completado esta vez, escribiendo y usando las experiencias que activaron el deseo del suicidio como referentes; las he convertido en ficción. Los entornos históricos y los personajes que fueron parte de las experiencias sirven de fuente. Sus nombres no aparecen. Son fundamentos, como lo son todos los personajes y anécdotas que informan la poesía, la narrativa, las artes en general. El suicidio es real, social, espiritual y mental; y no ocurre en un vacío.



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