Sunday, August 20, 2017

OSOS GOLOSOS EN LA RUE SAINT CATHERINE

Miles de ellos: gordos, grandes y gays. Osos -así gustan de llamarse- en montones, de dos en dos, en grupos pasean sus excesos físicos, sus deseos de ver y verse apasionados por la gula. Ninguno parece estar en dieta. Negros, blancos, amarillos, marrones, azules, cremitas, de todos colores saludan, abrazan, ríen a carcajadas sin límites, ocupan espacios, observan, catan, seducen carnes, vegetales, jugos, nalgas, penes, cuerpos con mucha lujuria y buen paladar ursino. Y no es que  los crudos inviernos canadienses los obligue a encuevarse por seis meses. No todos los osos invernan. Es que la variedad gay no esconde su amor con grasas por la grasa.

Saturday, August 19, 2017

CHISMES DE DOS HOMBRES GAYS MAYORES QUE SE QUIEREN

No queda duda que se quieren. Estos dos hombres mayores de la generación Stonewall buscan amar al otro. En cada detalle, palabra, gesto muestran su capacidad para complacer, conseguir, compartir sus amores: un quebequés y un mexicano. Dos hombres gays, canosos, con buen gusto, extensa y profunda cultura, después de estar juntos por años, se quieren porque saben lo que es el amor sin tener que ser mezquinos, egoístas con el amor mismo. Y no les cuento lo que este tercer hombre, también bastante mayorcito, disfruta de esa compañía mientras se hospeda en su casa. ¡Ah! los chismes. ¡Uy, cómo hemos chismeado y gozado con los cuentos sobre los otros mayorcitos en la comuna! Chismes llenos de amor, mucho amor..... Cosas de viejos gays que se quieren. 

Thursday, August 10, 2017

ESCALOFRÍOS

Cuando pensaba en ella sentía escalofríos. La culpaba. Un escalofrío sin ella desembocó la verdad sobre ellos mismos -vacío-, culminando en otro escalofrío -mío, conmigo: conocer forzado por sus propias cargas.

Wednesday, August 9, 2017

EL P'TRAIN DE SAINT JEROME EVOCA A LA MUDA DE CAGUAS

La Muda de Caguas y el P'Train de Saint Jerome empatan a las dos pequeñas ciudades, parecidas en función y distribución de servicios, con ciertos perfiles demográficos en común. Recuerdan a muchas de esas pequeñas urbes que están al margen, pero no dentro del cerco metropolitano de una gran ciudad. Saint Jerome en los llanos de las Laurentides; Caguas en las laderas de los cerros de Cayey. 

En Saint Jerome los mochileros transbordan en la restaurada estación de trenes. En el centro de la ciudad comienza una vereda solo para bicicletas que cruza las montañas, pequeños lagos y pueblos donde hospedarse. Un viaje para descansar y ejercitarse. Todo tipo de bicicletero se baja de los buses o trenes para emprender su viaje con energía a base de piernas. 

En Caguas los viajeros transbordaban en La Muda: la antigua caballeriza donde las carretas en camino al centro de la isla cambiaban sus caballos; luego convertida en restaurante y gasolinera, parada obligada de las "pisicorres", los carros de familias clases medias, comprar comida, estirar las piernas, echar gas; siendo finalmente eliminada, desplazada por la autopista y los malls, con la energía a base de petróleo. 

Sunday, August 6, 2017

JUGUETES EN QUEBEC

Qué hacer frente al abrazo
de un parlanchín: ocho años
una carga muñecas: siete años
o su hermano más pequeño: tres años.
Voltean, dicen: "Je t'aime".
Evidencian: "Una ardilla miró..."
Recrean: el hermano bien pequeño
de carreta usa mis zapatos
de bandera mis calzoncillos.
Sonríes.


Wednesday, August 2, 2017

COMPADRES Y COLONIAS EN SAN JUAN BAUTISTA, QUEBEC

“I live in a colonial city” no fue dicho ni con la vergüenza, ni con el sarcasmo del colonizado. Fue dicho con aplomo, obvio orgullo. Sus inquietas manos y brazos, gestos, movimientos de los ojos, subida del metal de voz, y respiración profunda acompañaron su bien fundamentado discurso sobre las ciudades coloniales de las Américas, y  la firme aseveración en respuesta al (“small talk”) comentario, “you seem to like colonial cities”, que sirvió de pausa entre su extensa cátedra sobre las ciudades coloniales y la anteriormente citada respuesta.

“Quebec is a colonial city” reafirmó  el muy dramático monsieur, con su pelo revuelto, una sonrisa algo burlona, bastante entrado en años, y muy consciente de su pedigrí cultural,  en un café del pintoresco barrio de Saint  Jean Baptiste. Situado al otro lado de las murallas, el barrio es lo más bohemio que se puede encontrar en la bastante conservadora y nacionalista ciudad (Si Montreal recuerda la vida cosmopolita, Quebec evoca un pasado colonial que no deja de estar presente). El barrio St Jean Baptiste sirve de puerta al mundo más allá de las lindas casas coloniales en el Vieux Quebec.

“What brought you to the city of Quebec?” era la pregunta  que guiaba el  verdadero interés del monsieur.  Disfrazada de discurso intelectual, su nada sutil curiosidad buscaba averiguar quiénes eran estos tan dispares personajes, que hablaban inglés como segunda lengua (uno francófono y el otro mas difícil de categorizas). Si duda, el monsieur estaba interesado en las ciudades coloniales -desde Cartagena de Indias hasta San Juan de Puerto Rico-; pero mucho menos que saber qué hacían un hombre pardo, extranjero, bastante mayorcito y un tatuado, pelirrojo joven quebequés.

 “And how did you guys meet?” no consiguió la respuesta deseada. Un relato tan largo y complicado es muy difícil de explicar en un ratito.  Se le aclaró que el viejo y el joven eran compadres, y para eliminar cualquier posibilidad de duda - que los personajes no eran lobos o ingenuas caperucitas -, se le mostraron fotos de la familia boricua-quebequés.

La verdad adquirió carácter de fábula ante los incrédulos ojos del colonialista (nada de colonizador ni colonizado). Ni las fotos de los ahijados y compadres parecían convencer al monsieur, que  entre el joven y el viejo solo había una gran amistad y compadrazgo; que no eran zorros personificando gentes, ni tampoco eran malvadas viejas locas brujas en busca de comerse vivos a inocentes niños.

El monsieur, al igual que otros, entendía muy bien las historias de las colonias en las Américas, las relaciones económicas, culturales entre los países, sus coordenadas históricas, y políticas,  pero se le hacía difícil entender cómo dos personas tan distintas podían ser compadres y mucho menos amigos. No lo decía pero sus gestos lo delataban. 

La incredulidad del monsieur no era nada distinta a muchos otros, amigos y parientes, que tampoco pueden entender una amistad entre un viejo y un joven. Si no caben dentro de los esquemas interpretativos que usan para explicar un dado fenómeno, no puede ser cierto. 

“A country is an abstraction” fue la seca y tajante contestación  a la pregunta, “And what is your position with regards to the relationship betwenn Quebec and Canadá?”  Nada de polémicas sobre hegemonía cultural o poderío imperial entre un país y otro. Su postura era completamente pragmática, en función de las relaciones económicas entre ambas partes y la necesidad de mantener un continuo diálogo entre anglo Canadá y Quebec.

“We’ve got to go, meeting the kids and their mother, but let’s hope we see each other again,”

Otra vez los ojos del monsieur reflejaron duda, desconcierto, cuando se le dijo que, aunque los nenes no hablaban inglés o español, y el padrino no hablaba francés, se llevaban y entendían de las mil maravillas. 

“We’ll do.

Lo que no es una abstracción son las relaciones entre la gente, entre compadres y comadres, ahijados y padrinos, amantes y vecinos, viejos y jóvenes, las substancias que empatan a los humanos.  Del monsieur haberse enterado cómo el pardo y el pelirrojo se conocieron, a saber cuál hubiese sido su cátedra; otro cuento.

La despedida completó un ciclo, selló un microcosmos, un efímero  momento cargado de ideas, prejuicios, dudas y posibilidades en un café en el otro San Juan Bautista, no el del Caribe, el de Quebec. Juntos, todos juntos.


Tuesday, August 1, 2017

PANZAS EN QUEBEC

Bailar todas las tardes puede ser un poco excesivo cuando se tiene más de cincuenta y pico de años. Y si tienes unas cuantas libras de más alrededor de la cintura y una buena panza para comprobarlo, bailar puede ser algo incómodo; todas las tardes, puede acelerar los infartos. 

En algunos de los bares de la Sainte Catherine estos asuntos no importan. En dichos bares se reúnen hombres mayorcitos para bailar, en parejas o por su cuenta. En pareja, la panza los obliga a bailar sin tocarse los cachetes. Las panzas no permiten el entrar en juegos románticos mientras bailan un foxtrot, una mazurca, un rock light o una balada. 

Las panzas de los tea dancers de la tercera edad en la Sainte Catherine reinterpretan, redefinen el por qué se baila en pareja. Quién guía a  quien no está claro. En medio de una pieza, un baile, cambian de papel; ahora uno, luego el otro. Aquel pone ahora su brazo sobre el hombro del otro; luego, lo pone por la espalda.  A estos bailarines madurados al ritmo del Stone Wall, la panza y la edad le dan una libertad que despierta la envidia del cualquier viejo reprimido.
Bailan, conversan en francés o en franglés, o simplelente no hablan, y mueven sus añejados  cuerpos al ritmo de lo que sea. Mientras tanto, un flirteo de cuando en vez o de vez en cuando no viene mal. Que si aparece un nuevo "parejo" para ir más allá de la sala de baile, pues a juntar las nuevas panzas y a seguir bailando.